Segunda semana en Medellín

Esta semana ya ha sido el momento de ponerles a jugar con el sistema de animación interactiva, lo que ha significado en parte un esfuerzo extra por tener que ir cada día de un lado a otro de Medellín cargados con el material necesario para adaptar los diferentes equipamientos a las condiciones adecuadas: telas negras, papel para forrar ventanas, proyector, ordenador, kinect, cámaras de registro, …

A eso hay que sumarle que aún no me siento como pez en el agua paseando por Medellín con una mochila enorme cargado de material valioso, pero esa es ahora otra historia.

Por otro lado, a pesar del peso puedo decir que se me ha quitado uno muy grande de encima, y ha sido ver que se podía montar el sistema con relativa sencillez (cada día más) además de comprobar que la respuesta de los niños era en general muy positiva. Recuerdo ver en las caras de muchos una sorpresa enorme al percibir que el muñeco en pantalla se movía con ellos. Sonrisas cómplices y de incredulidad, movimientos nerviosos, en algunos casos, total hipnosis, en otros, algo de desinterés. Porque esto parece ser como lo aprendí ya en la primera semana. El interés conseguido en la experiencia suele ser proporcional a la capacidad que tu tengas para saber meterlos dentro del juego. En saber hacerlos cómplices, o miembros de un ritual. Si no, por muy de clases bajas de Medellín que sean, los niños están rodeados de estímulos allí y en cualquier parte, con lo que, parece ser que si no se les presenta de la manera adecuada, se acaban cansando con relativa rapidez, pidiendo más y más dibujos distintos cada vez para mantener su interés.

Hay que evitar que esto pase y que sean ellos los que marquen totalmente el ritmo, porque si no estamos perdidos. Esa es hasta ahora mi opinión, y me parece que, aunque descubierta de forma prematura, es acertada.

Esos días les puse música muy calmadita…